No hago nada con mi vida.
Y sin embargo su vida estaba llena de: amor, diversión y salud. No enumeraré qué subapartados contenia cada categoría, porque la lista sería infinita.
¿No hacía nada con su vida?
jueves, 4 de diciembre de 2008
Miedos absurdos
un disparo. Le había parecido el sonido más aterrador que jamás hubiera escuchado. A lo lejos. No se había atrevido a acercarse. Huyó. Salió corriendo despavorida. No se lo comentó a nadie, porque nadie debía saberlo, no en aquel barrio.
un chico grita desesperado. ¡Socorro! ¡No me hagáis daño! ¡Basta!
Nadie de los que pasean por la calle le presta la más mínima atención. A los que implora misericordia, no les importa en absoluto. Ni tan siquiera saben cómo se llama. Esa es su misión de hoy.
la prensa del día siguiente. Un café humeante que se quedará frío, al lado de un cigarrillo que se consumirá solo en el cenicero. La chica que no quiso ir, la que salió corriendo asustada, ésa, leía en el periódico que su mejor amigo había muerto en manos de unos chiquillos fanáticos al rol.
un chico grita desesperado. ¡Socorro! ¡No me hagáis daño! ¡Basta!
Nadie de los que pasean por la calle le presta la más mínima atención. A los que implora misericordia, no les importa en absoluto. Ni tan siquiera saben cómo se llama. Esa es su misión de hoy.
la prensa del día siguiente. Un café humeante que se quedará frío, al lado de un cigarrillo que se consumirá solo en el cenicero. La chica que no quiso ir, la que salió corriendo asustada, ésa, leía en el periódico que su mejor amigo había muerto en manos de unos chiquillos fanáticos al rol.
lunes, 3 de noviembre de 2008
Nada
No le iban a dar nada. Y nada, en esto caso, significaba nada: nada de becas, nada de más horas de italiano, nada de una posible movilidad a Italia, porque Trieste este año no ofrecía su curso, nada de nada.
¿Qué le había hecho al mundo? ¿Valía la pena su inversión? Tal vez no, pero ya no podía hacer nada por cambiar la situación, solo luchar, luchar consigo misma, con todas sus fuerzas, para demostrarle al mundo entero que a pesar de las trabas, lo conseguiría, aunque cada día dudaba más de ello.
Era autónoma, no le dieron ninguna explicación para denegarle la ayuda económica, pero probablemente fue por ese motivo, por el mismo que el Ministerio de Educación español deniega las becas a los hijos de autónomos, con la asunción de que son personas que se ganan extraordinariamente bien la vida. ¡Qué injusto! El Estado blinda a los trabajadores, y desprotege a los que realmente dan de comer a otros tantos: a los autónomos, a los que en su día pasaron penas, y tal vez las siguen pasando, por luchar por un sueño, por crear empleo, ese empleo que tanto preocupa al Estado, pero por el que el Estado no hace absolutamente nada.
¡Qué pena y qué vergüenza!
¿Qué le había hecho al mundo? ¿Valía la pena su inversión? Tal vez no, pero ya no podía hacer nada por cambiar la situación, solo luchar, luchar consigo misma, con todas sus fuerzas, para demostrarle al mundo entero que a pesar de las trabas, lo conseguiría, aunque cada día dudaba más de ello.
Era autónoma, no le dieron ninguna explicación para denegarle la ayuda económica, pero probablemente fue por ese motivo, por el mismo que el Ministerio de Educación español deniega las becas a los hijos de autónomos, con la asunción de que son personas que se ganan extraordinariamente bien la vida. ¡Qué injusto! El Estado blinda a los trabajadores, y desprotege a los que realmente dan de comer a otros tantos: a los autónomos, a los que en su día pasaron penas, y tal vez las siguen pasando, por luchar por un sueño, por crear empleo, ese empleo que tanto preocupa al Estado, pero por el que el Estado no hace absolutamente nada.
¡Qué pena y qué vergüenza!
lunes, 20 de octubre de 2008
Solitaria soñadora
Dormía arrugada, en una esquina del sofá. Soñaba sin compartir sus sueños, sólo emitía algún que otro ruidito de placer. ¿En qué estaría soñando? No podía vivir ya más sin saber qué ocupaba la mente de ese ser que ahora yacía inerte en su sofá.
¿Soñaría con las moscas que había cazado aquel día? ¿Soñaría con un buen bol de comida? ¿Soñaría con trepar por la ropa de los armarios de su nueva casa? o tal vez ¿soñaría con ocupar la cama entera para ella sola?
J. se preguntaba qué haría esa pequeña bola de pelo blanco y grisáceo durante sus ausencias. En realidad, no le importaba en absoluto, sabía que Wii era feliz, por fin.
Ahora le preocupaba, aunque le encantaba, la dependencia que tenía de ella, pues la gata la perseguía a todos los rincones de su pequeña casa, convirtiéndose en su sombra, hasta el punto de que si J. se levantaba del sofá para ir a asearse, ese diminuto ser, con su diminuto cerebro de garbanzo, se despertaba, emitía un sonido de extraña felicidad mientras hacía sus estiramientos rutinarios, y se encaminaba hacia el lugar donde su mami se encontraba.
¿Estaría soñando acaso en eso? Ahora lo comprobaría.
¿Soñaría con las moscas que había cazado aquel día? ¿Soñaría con un buen bol de comida? ¿Soñaría con trepar por la ropa de los armarios de su nueva casa? o tal vez ¿soñaría con ocupar la cama entera para ella sola?
J. se preguntaba qué haría esa pequeña bola de pelo blanco y grisáceo durante sus ausencias. En realidad, no le importaba en absoluto, sabía que Wii era feliz, por fin.
Ahora le preocupaba, aunque le encantaba, la dependencia que tenía de ella, pues la gata la perseguía a todos los rincones de su pequeña casa, convirtiéndose en su sombra, hasta el punto de que si J. se levantaba del sofá para ir a asearse, ese diminuto ser, con su diminuto cerebro de garbanzo, se despertaba, emitía un sonido de extraña felicidad mientras hacía sus estiramientos rutinarios, y se encaminaba hacia el lugar donde su mami se encontraba.
¿Estaría soñando acaso en eso? Ahora lo comprobaría.
viernes, 17 de octubre de 2008
Pies rotos
Volvía a casa tras haberse comido casi un pfannkuche, o como se llamara, ella solita. Había sido una velada bonita aunque dolorosa; no llevaba los zapatos adecuados.
Habían estado bebiendo un Sangre de Toro, y luego una crema de ron miel elaborada en Canarias, uno de esos tantos productos que, cuando uno se atreve a ir al supermercado, encuentra etiquetado con una simpática nota: SOY CANARIO.
A eso de la una de la madrugada, una hora más en la península (suena raro decirlo a la inversa), se habían puesto a deambular por las solitarias calles de Santa Cruz, en dirección a La Puerta Verde. Ahí tocaba un grupo por el que E. se derretía. Habían tardado unos 25 minutos en llegar a destino, y los pies de J. no podían ya aguantar más. Llevaba puestos unos zapatos que V. le había regalado hacía unos días. No se había molestado en mirar qué número eran, pero por el dolor que le habían causado, probablemente eran un 38 y no un 39, el número que ella usaba.
Abandonó al grupo a los 20 minutos escasos de haber llegado al local, se sentía absurda, con esos zapatos opriméndole los pies. Había tomado un taxi, total, no estaba tan lejos de casa, y se hizo dejar en la puerta. En Santa Cruz, un taxi sí te sale rentable, no como en Barcelona, que el mismo trayecto le hubiera costado el triple.
Llegó, abrió el correo para poder leer la respuesta de M., a pesar de que M. pensaba que J. le tenía olvidado, y luego leyó noche de colillas solitarias. Estaba decidida a felicitar a su lector por haber encontrado la respuesta a la pregunta sobre la fanta, aunque luego se retractó, y decidió crear una entrada nueva, de la que sí le iba a informar, puesto que veía que a M. le había dolido no haber sido notificado de la actualización.
Las cosas cambiaban, sí. J. 1: M. 0, decía. Ella no lo veía así, pero ¿qué le podía hacer? Ponerse en la piel de los demás es difícil, y cuando uno no sabe ni siquiera en qué día vive, porque está sufriendo muchos cambios, porque todo le queda un poco grande, porque necesita digerir tantas cosas...
J. se había colapsado aquella mañana. Había salido de la península persiguiendo un sueño, sueño viejo ya, pues hacía tres años que lo deseaba. J. había abandonado todo lo que tenía y se iba a empezar una nueva vida, llena de cambios, llena de presiones. Ya no sólo tenía la presión de los estudios, sino la preocupación por el trabajo, en esta época en la que la crisis mundial acapara páginas y más páginas de la prensa mundial, y los malentendidos con uno de sus lectores.
¿Tan difícil era de entender que, bajo grandes dosis de presión, las personas mutan su comportamiento? ¿Tan reprochable era? ¿Tan malvada tenía que sentirse? J. no estaba viendo sus objetivos cumplidos, en las primeras semanas del máster se exige mucho a los estudiantes, que se vayan perfeccionando, y reciben críticas muy duras. Hay que añadirle a todo esto, que J. se sentía en desventaja. ¿Qué culpa tenía ella de haber optado, hacía cinco años, por estudiar una lengua minoritaria? ¿Acaso no tenía derecho a formarse en esa lengua? ¿No era normal que la situación pudiera un poco con ella?
J., damas y caballeros, no tiene televisor. Mata sus horas como puede, y empieza a cogerle aversión a la pantalla del ordenador. Todo pasa por esa pantalla: la prensa internacional que debe leer todos los días, los trabajos que M. le manda, y que ella le agradece de todo corazón, aunque probablemente M. no lo esté percibiendo de esta manera, la TV por Internet, los trabajos de documentación sobre las semanas temáticas del máster...
J. tiene una casa pequeña, pero no le da tiempo a darse cuenta de que es más grande de lo que piensa, puesto que muchas de las horas en las que está en casa, está delante de la pantalla del ordenador, en el único sitio de la casa en el que lo puede poner: en la mesa de la cocina-comedor. J.ni siquiera lo aparta de la mesa para comer, se hace un hueco y luego reemprende sus labores.
J. tiene 23 años, y ha vivido siempre una vida más adulta de lo que le tocaba vivir. J. tiene ganas de salir de su casa, de conocer gente, de relacionarse, de divertirse. J. no sobrevivirá a tanta presión si no goza un poco de su vida. Y a J. le parece que se le están reprochando esas ganas de vivir, esas ansias por vivir.
J. ya no quiere seguir escribiendo hoy. Esta mañana, las lágrimas, ese gran desconocido suyo, han descendido por sus mejillas. Se lo advirtieron: tarde o temprano te colapsarás, y fue más temprano que tarde. ¿Debía estar contenta? Según la psicóloga de la facultad, profesora del máster a su vez, sí. Debía estar contenta porque le habia sucedido al inicio, y no al final, cuando ya no hay nada que se le pueda hacer para cambiar la situación, o más bien, el resultado.
J. se iba a dormir, pero antes avisaría a M. de esta actualización, esperando que mañana, cuando lea esta entrada, entienda un poco mejor qué está sucediendo en la cabeza de J.
Habían estado bebiendo un Sangre de Toro, y luego una crema de ron miel elaborada en Canarias, uno de esos tantos productos que, cuando uno se atreve a ir al supermercado, encuentra etiquetado con una simpática nota: SOY CANARIO.
A eso de la una de la madrugada, una hora más en la península (suena raro decirlo a la inversa), se habían puesto a deambular por las solitarias calles de Santa Cruz, en dirección a La Puerta Verde. Ahí tocaba un grupo por el que E. se derretía. Habían tardado unos 25 minutos en llegar a destino, y los pies de J. no podían ya aguantar más. Llevaba puestos unos zapatos que V. le había regalado hacía unos días. No se había molestado en mirar qué número eran, pero por el dolor que le habían causado, probablemente eran un 38 y no un 39, el número que ella usaba.
Abandonó al grupo a los 20 minutos escasos de haber llegado al local, se sentía absurda, con esos zapatos opriméndole los pies. Había tomado un taxi, total, no estaba tan lejos de casa, y se hizo dejar en la puerta. En Santa Cruz, un taxi sí te sale rentable, no como en Barcelona, que el mismo trayecto le hubiera costado el triple.
Llegó, abrió el correo para poder leer la respuesta de M., a pesar de que M. pensaba que J. le tenía olvidado, y luego leyó noche de colillas solitarias. Estaba decidida a felicitar a su lector por haber encontrado la respuesta a la pregunta sobre la fanta, aunque luego se retractó, y decidió crear una entrada nueva, de la que sí le iba a informar, puesto que veía que a M. le había dolido no haber sido notificado de la actualización.
Las cosas cambiaban, sí. J. 1: M. 0, decía. Ella no lo veía así, pero ¿qué le podía hacer? Ponerse en la piel de los demás es difícil, y cuando uno no sabe ni siquiera en qué día vive, porque está sufriendo muchos cambios, porque todo le queda un poco grande, porque necesita digerir tantas cosas...
J. se había colapsado aquella mañana. Había salido de la península persiguiendo un sueño, sueño viejo ya, pues hacía tres años que lo deseaba. J. había abandonado todo lo que tenía y se iba a empezar una nueva vida, llena de cambios, llena de presiones. Ya no sólo tenía la presión de los estudios, sino la preocupación por el trabajo, en esta época en la que la crisis mundial acapara páginas y más páginas de la prensa mundial, y los malentendidos con uno de sus lectores.
¿Tan difícil era de entender que, bajo grandes dosis de presión, las personas mutan su comportamiento? ¿Tan reprochable era? ¿Tan malvada tenía que sentirse? J. no estaba viendo sus objetivos cumplidos, en las primeras semanas del máster se exige mucho a los estudiantes, que se vayan perfeccionando, y reciben críticas muy duras. Hay que añadirle a todo esto, que J. se sentía en desventaja. ¿Qué culpa tenía ella de haber optado, hacía cinco años, por estudiar una lengua minoritaria? ¿Acaso no tenía derecho a formarse en esa lengua? ¿No era normal que la situación pudiera un poco con ella?
J., damas y caballeros, no tiene televisor. Mata sus horas como puede, y empieza a cogerle aversión a la pantalla del ordenador. Todo pasa por esa pantalla: la prensa internacional que debe leer todos los días, los trabajos que M. le manda, y que ella le agradece de todo corazón, aunque probablemente M. no lo esté percibiendo de esta manera, la TV por Internet, los trabajos de documentación sobre las semanas temáticas del máster...
J. tiene una casa pequeña, pero no le da tiempo a darse cuenta de que es más grande de lo que piensa, puesto que muchas de las horas en las que está en casa, está delante de la pantalla del ordenador, en el único sitio de la casa en el que lo puede poner: en la mesa de la cocina-comedor. J.ni siquiera lo aparta de la mesa para comer, se hace un hueco y luego reemprende sus labores.
J. tiene 23 años, y ha vivido siempre una vida más adulta de lo que le tocaba vivir. J. tiene ganas de salir de su casa, de conocer gente, de relacionarse, de divertirse. J. no sobrevivirá a tanta presión si no goza un poco de su vida. Y a J. le parece que se le están reprochando esas ganas de vivir, esas ansias por vivir.
J. ya no quiere seguir escribiendo hoy. Esta mañana, las lágrimas, ese gran desconocido suyo, han descendido por sus mejillas. Se lo advirtieron: tarde o temprano te colapsarás, y fue más temprano que tarde. ¿Debía estar contenta? Según la psicóloga de la facultad, profesora del máster a su vez, sí. Debía estar contenta porque le habia sucedido al inicio, y no al final, cuando ya no hay nada que se le pueda hacer para cambiar la situación, o más bien, el resultado.
J. se iba a dormir, pero antes avisaría a M. de esta actualización, esperando que mañana, cuando lea esta entrada, entienda un poco mejor qué está sucediendo en la cabeza de J.
sábado, 11 de octubre de 2008
Ocho colillas en su cutrecenicero comprado hacía apenas unos días en el Bazar Gloria, justo al ladito de su casa, como todo en Santa Cruz.
Ocho colillas amontonadas en ese maldito cenicero desde las nueve de la noche (hora canaria).
Ocho colillas que le recordaban las ocho nuevas fotos que tenía que colgar en sus marcos nuevos, para rellenar el vacío de las paredes de su preciosa nueva casa.
Ocho colillas que simbolizaban ocho horas de sueño debido, aunque incumplido.
Ocho colillas que...
Ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno...
Cuenta atrás:
1. octavo cigarrillo: fumado mientras visitaba los blogs de varios amigos, algunos con novedades, otros sin nada nuevo, otros...
2. séptimo cigarrillo: pausa para reflexionar. Trabajar el sábado por la noche no es un ideal de vida.
3. sexto cigarrillo: post-cena. Hoy papas arrugadas con mojo de cilantro made in Duggi 16, 2B.
4. quinto cigarrillo: cigarrillo pleno estrés ¡No me salen las papas arrugadas!
5. cuarto cigarrillo: uff, ¡qué faenón me espera!
6. tercer cigarrillo: post llamada telefónica desde la península.
7. segundo cigarrillo: durante la llamada telefónica peninsular.
8. primer cigarrillo: bueno, un cigarrito y ¡me pongo a cocinar!
Y así, sin comerlo ni beberlo, se acordó de que en la península tienen una hora más, pero... los de Canarias...
Ocho colillas amontonadas en ese maldito cenicero desde las nueve de la noche (hora canaria).
Ocho colillas que le recordaban las ocho nuevas fotos que tenía que colgar en sus marcos nuevos, para rellenar el vacío de las paredes de su preciosa nueva casa.
Ocho colillas que simbolizaban ocho horas de sueño debido, aunque incumplido.
Ocho colillas que...
Ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno...
Cuenta atrás:
1. octavo cigarrillo: fumado mientras visitaba los blogs de varios amigos, algunos con novedades, otros sin nada nuevo, otros...
2. séptimo cigarrillo: pausa para reflexionar. Trabajar el sábado por la noche no es un ideal de vida.
3. sexto cigarrillo: post-cena. Hoy papas arrugadas con mojo de cilantro made in Duggi 16, 2B.
4. quinto cigarrillo: cigarrillo pleno estrés ¡No me salen las papas arrugadas!
5. cuarto cigarrillo: uff, ¡qué faenón me espera!
6. tercer cigarrillo: post llamada telefónica desde la península.
7. segundo cigarrillo: durante la llamada telefónica peninsular.
8. primer cigarrillo: bueno, un cigarrito y ¡me pongo a cocinar!
Y así, sin comerlo ni beberlo, se acordó de que en la península tienen una hora más, pero... los de Canarias...
Tendremos una hora menos, ¡pero tenemos una fanta más!
A los curiosos os dejo con la duda de cuál será esa fanta de más...
¡Ciao!
¡Ciao!
lunes, 25 de agosto de 2008
Las sábanas de Elsa
Se levantó cabreada. Había dormido mal por su culpa, por culpa de aquél desconocido al que le había dado carta blanca para que se acostara con ella. Ni se acordaba de la cantidad de copas que había ingerido antes de que semejante escena tuviera lugar.
No había estado tan pésimo; aunque del mismo modo que le ocurría con Elías, le había ocurrido con Javier: ni rastro de orgasmo.
Elsa se levantó cabreada pensando en ese orgasmo inalcanzado; una vez más. Despertó a su compañero de lecho, le echó su ropa encima y lo invitó a abandonar la casa, no podía con su presencia, la irritaba. Javier abrió sus ojos de besugo e, incrédulo, fue vistiéndose paulatinamente, mientras Elsa se enzarzaba sola en una discusión que más que un diálogo era un monólogo: repetía a gritos todos sus pensamientos negativos, y se encabronaba sola.

Elsa había perdido la noción del tiempo. Lo único que quería era que Javier se vistiera, ni siquiera lo iba a dejar ducharse, y se fuera; se fuera lo más rápido posible de los espacios reservados a su intimidad. Quería estar sola para poder disfrutar de una buena ducha de agua fría y lavarse la piel, eliminar rastros de aquella infidelidad perpetrada en el lecho que compartía con Elías.
Se duchó, y casi se arranca la piel intentando eliminar el olor a hombre, no a Elías, que Javier le había dejado en la piel. Salió de la ducha sin secarse, dejando rastros de agua allá donde pasaba. Se dirigió a la cocina, a por su dosis matutina de café Lavazza, aquél que tanto le gustaba a Elías, y, al darse cuenta de que le echaba de menos, rompió la taza con toda la furia contenida de la infidelidad que Elías había cometido contra ella y que, inocentemente, Elías pensaba que Elsa desconocía. Había sido hacía apenas unos días, Elsa se encontraba de viaje de negocios en Toledo y Elías había optado por acostarse con aquella muchachita que trabajaba en su oficina. Elsa lo sabía porque el muy desgraciado no había eliminado algunos de los indicadores del delito: un condón en la basura del baño -basura que Elsa había vaciado antes de irse a Toledo- y unos cuantos pelos femeninos, sospechosamente rubios, pegados en el lado de la cama de Elsa. Hubiera pasado inadvertido de no ser porque Elsa era pelirroja y de pelo corto.
Mientras ese mal trago le azotaba la paz interior, Elsa, empapada por el agua de la ducha que hacía unos minutos había tomado, se encaminó hacia el dormitorio conyugal y, en verlo todo rebolcado, arrancó con furia las sábanas y las echó a lavar, con lejía, y con todos los productos que encontró a su paso. Nada le parecía lo suficientemente potente como para eliminar la culpabilidad de la que esas sábanas se habían quedado impregnadas.
Fue entonces cuando, al recolocar las sábanas, aquellas que la madre de Elías les había regalado, como regalo de bodas, cayó en la cuenta de que odiaba a los fabricantes de sábanas. Eran seres detestables. Elsa había aprendido, hacía unos años, cuando compartía piso con aquel chico de Tarragona, que hay dos tipos de personas: las personas normales y comunes, y los seres detestables. Y en aquel preciso momento había decidido que los fabricantes de sábanas tenían que engrosar la lista de los seres detestables; porque realmente lo eran. La ennervaba que las sábanas tuvieran sólo dibujo por una superficie y no por ambas. En las épocas de más frío, cuando las camas están recubiertas por capas infinitas de mantas en un intento por conservar el calor corporal, no tenía importancia, puesto que todo quedaba dispuesto como si se tratara de un sobre cuidadosamente elaborado, destinado a teñir los sueños de los que se meten en él del color del que fueran ellas. Pero en verano, y desgraciadamente nos encontrábamos en verano, las mantas se volatilizaban, nadie las soportaba porque se pegaban a la piel de mala manera, y quedaban sólo las sábanas. Si las ponía como en las épocas de más frío, el cabezal quedaba precioso, pero el resto de la cama adquiría un color desteñido, dejando entrever el dibujo que, tímido, se escondía en el interior de la cama. Si, por el contrario, decidía que las ponía al "revés", entonces el cabezal quedaba horroroso, rompía la estética que Elsa tanto buscaba.
Tras cambiar una docena de veces las sábanas, que si con el dibujo hacia dentro, que si con el dibujo hacia fuera, Elsa decidió que no le importaba un comino cómo estuvieran colocadas, las arrancó nuevamente, se tumbó en la cama -tan vacía desde que Elías se había mudado a Madrid, temporalmente, como le había indicado en su última pelea-, se retorció como si de un gusano se tratara y se echó a llorar, hasta que se le secaron las lágrimas y los ojos se le enrojecieron tanto que era incapaz de ver los pequeños rayos de sol que, a primera hora de la mañana, tanta calidez le conferían a su dormitorio ¿matrimonial?
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